BUSCADORES DE FORTUNAS : LA REAPARICION DEL FENOMENO DE LOS GARIMPEIROS

CLARIN EN EL AMAZONAS / PRIMERA NOTA Amazonas
Fiebre del oro en Brasil

 

El descubrimiento de un yacimiento de oro a flor de tierra en Apuí, Amazonas, desató una fiebre como hacía décadas no se veía en Brasil. Hoy, cientos de hombres, los garimpeiros completamente cubiertos de lodo, trabajan con sus manos para abrir la tierra en busca del ansiado filón.

Eleonora Gossman APUI. AMAZONAS. ENVIADA ESPECIAL
egosman@clarin.com

 

 

El viejo está con el lodo hasta la cintura. Los 44 grados de temperatura bañan de sudor su rostro huesudo. Pero a él no le importa. Agachado, casi en posición simiesca, lo único que piensa es lavar el oro en su batea. Con un cuidado de orfebre separa el pedregullo inservible hasta que empiezan a relucir las pepitas. Joao Leandro de Acevedo prodiga entonces una amplia sonrisa, que deja ver una boca de muchos agujeros y pocos dientes. “¿Lo ven?”, dice a los enviados de Clarín. En sus manos hay una fortuna. Acaba de conseguir medio kilo del metal que le rendirá 10.000 dólares.

En las últimas dos semanas, a Joao lo acompañó la buena estrella: obtuvo 3.500 gramos del mineral. Pero no dejará de buscar “antes de juntar lo suficiente para comprar una casa, separar un ahorro y mandar algo para mis hijos que viven lejos”. Este anciano, que se mantiene sano a pesar de su dura vida de garimpeiro, no es el único que corre detrás del milagro: el nuevo El Dorado encontrado en la selva amazónica próximo al río Juma.

Hace tres meses, un grupo de aventureros emprendió la conquista de las riquezas minerales que esconde la floresta a golpes de machete y motosierras. Abrieron senderos y claros, derribaron árboles de hasta 30 metros de altura, y dejaron libre el camino para las 10.000 personas que hoy se amontonan en el lugar. Desde los puntos más remotos de Brasil llegan a Apuí, el poblado más próximo (que queda 453 kilómetros al sur de Manaos), después de enfrentar terribles jornadas en camiones y balsas.

Para esos garimpeiros, la mina a cielo abierto que emerge ante sus ojos supera cualquier leyenda. Creen tanto en su fecundidad que para ellos “es una obligación de esta tierra” ofrecerles una pepita de oro al alcance de la mano. Tal vez exageren un poco. Sin embargo, llegaron a convencer a la periodista y el fotógrafo de este diario que podían llevarse pegados en el barro de los zapatos algunos granos dorados.

Los cuatro días que duró la visita por las trillas selváticas, recuerdan en alguna medida la corrida del oro de los años ’70 en Serra Pelada (al sur del estado de Pará), inmortalizada por uno de los grandes de la fotografía brasileña, Sebastián Salgado. Quienes estuvieron en aquella “epopeya”, como José Ribamar, afirman que “ni en Serra Pelada se vio algo parecido a lo del Juma: aquí el oro es tan fácil de extraer que ni siquiera se precisa usar mercurio (un aglutinador del mineral)”.

Hasta ahora, Brasil carecía de referencias técnicas sobre el filón encontrado en la región de Apuí y de Nova Aripuana (municipios vecinos). El caso sorprendió a los geólogos e ingenieros del gobierno. El ingeniero en minas Eduardo Colao tuvo que rendirse ante las evidencias: “Por aquí tiene que haber una montaña con reservas auríferas considerables”. Todavía no se sabe de sus volúmenes ni su exacta localización. En parte porque la propia selva se ocupa de ocultar las elevaciones bajo una densa trama de árboles. Pero a nadie se le escapa un dato: el elevado grado de pureza del mineral, que alcanza el 99%.

Mientras los técnicos gubernamentales exploran ríos vecinos, los garimpeiros se dedican a juntar el oro con pala. Hundidos en el fango, semidesnudos, cavan en las sinuosidades de los riachos en procura de los depósitos auríferos formados por las aguas que erosionaron, durante miles de años, una montaña próxima.

Se estima que cada una de las cinco grutas en explotación produce por jornada entre 400 y 1.000 gramos. Con el precio del gramo de oro de 20 dólares in situ, la zafra dará de sol a sombra entre 8.000 y 20.000 dólares.

Los garimpeiros llegan a Apuí con la ilusión de volverse ricos del día a la noche. Vienen por la ruta Transamazónica (intransitable durante buena parte del año) o en balsas que descienden desde Manaos hacia la vecina Nova Aripuana. Al desembarcar los esperan camionetas que los transportarán por senderos barrosos hasta las orillas del Jumá —un afluente del Madeira—. Después de un cruce peligroso, por ese río que ya engulló más de una barca, alcanzan la ribera opuesta y después de trepar una resbaladiza barranca se topan con una toldería. Confeccionadas con bolsas de plástico y madera del lugar, las carpas los albergarán mientras trabajen en la mina.

En esas tiendas conviven sin intimidad hombres, mujeres, ancianos y niños. Bajo un clima asfixiante por el calor y la humedad, cocinan, comen y eliminan sus excrementos, en el mismo sitio. Un olor indescriptible y nauseabundo se pega a la ropa. Los de allí dicen que es la putrefacción natural de la floresta. Pero la falta de higiene aporta lo suyo. Allí no hay baños ni agua potable. Algunos más pudorosos se las arreglan para improvisar excusados con hojas de palmera.

En esas frágiles condiciones sanitarias hay brotes de malaria y leishmaniasis. Pero en el Hospital Eduardo Braga de Apuí temen algo peor: que en el garimpo estalle la fiebre amarilla. Desde que se desató la corrida por el metal, en noviembre pasado, un promedio diario de 10 personas se atienden con síntomas de diarrea y fuertes dolores intestinales. Y no faltan las riñas con desenlaces dramáticos. Es que en el Juma todo el mundo anda armado con machetes, facones, escopetas y revólveres. También en el balance se contabilizan muertes por gente aplastada al derribar árboles.

En ese ambiente hostil no hay mucho margen para la solidaridad. Y menos si se trata de un visitante. Una mujer negó un vaso de agua a estos enviados: “Aquí vale oro”, se limitó a señalar.

Paulo Rocha, ex garimpeiro y guía, sabe de vida y milagro de quienes habitan la región. El fue quién contó, con un placer casi chismoso, que los pobladores de Apuí se enteraron del hallazgo de oro gracias a la borrachera de un trío de temerarios que se adentró en la selva e hizo los primeros descubrimientos.

“Se fueron a festejar al bar. Y entre pinga y pinga (bebida semejante a la caña) los tipos soltaron la lengua. Al principio nadie les creyó: pensábamos que era una fabulación”. Poco después, la historia se divulgó en Internet a través del Portal de Apuí (www.portalapui.com.br) del profesor Ivani da Silva, alias Lange.

Fue de ese modo que el buscavidas Rogerio Borges, de 27 años, se enteró del garimpo. Este joven de mundo, como se autodefine, ya trabajó en Estados Unidos, en Portugal, Inglaterra y España. Su especialidad laboral es la de ser barman en clubes de striptease.

En la villa garimpeira del Juma la composición social parece ser muy heterogénea. “Aquí hay hasta profesores universitarios”, comentó el médico y garimpeiro Anselmo Haidmann. Dicen que pueden verse codo a codo peones rurales, estancieros, comerciantes, pastores evangélicos, madamas y políticos. Hasta el vice intendente de Apuí, Aminadal Gonzada de Souza es patrón de un área.

Aunque pocos dejan “el vicio” de buscar oro, el albañil Joal da Silva, de 40 años, decidió retirarse después de volverse rico con el kilo y medio de oro que juntó en un mes. Los 30.000 dólares que le rindió la jugada le alcanzó para comprar su casa, dos motos, una para él y otra para la mujer, y juntar material para construir otra vivienda para alquilar. Pero en Juma son menos los éxitos que los fracasos: muchos trabajan a destajo sin llevarse más que tres pepitas diarias. El teniente de la Policía Militar de Manaos Paulo Vieira de Mello, comandante de la “Operación Garimpo Juma”, mostró la otra cara de El Dorado: “Hay violencia, trabajo esclavo, prostitución y drogas; un ambiente que afecta no sólo a mujeres y adolescentes sino también a chicos pequeños. La misión de este jefe policial, y de sus 60 hombres, es precisamente ordenar la caótica situación. Desde la semana pasada, actúa también la Policía Federal y hay presencia de militares del Primer Batallón de la Selva, con sede en Manaos. El teniente Bosco, miembro de ese cuerpo, vino según sus palabras a inspeccionar el lugar. En la charla dejó clara la escasa simpatía que los amazónicos sienten hacia EE.UU. “Son nuestros adversarios principales”, dice.

—¿Por qué?

—Porque pensamos que pretenden ocupar el Amazonas y tal vez internacionalizar la selva bajo el control de las Naciones Unidas. Pero Brasil es dueño de la floresta y nuestras Fuerzas Armadas están preparadas para rechazar cualquier aventura.

En Apuí muchos coinciden con este oficial. Y no dudan en calificar de “verdadera plaga” a las decenas de organizaciones no gubernamentales europeas y norteamericanas que se instalan en suelo amazónico. “Es más: nosotros creemos que el gobierno estadounidense financia la compra de tierras por parte de ciudadanos norteamericanos”, sugirió el teniente.

Apuí no surgió porque sí: fue uno de los asentamientos promovidos por el Ejército brasileño en 1979, a las orillas de la Transamazónica. En la concepción militar de la época había que asegurarse el control territorial mediante esa ruta y la ocupación de tierras aledañas. Entonces trajeron a pobladores de Paraná, Río Grande del Sur y Santa Catarina, con la promesa de entregarles estancias. Esa composición sureña explica que haya tantos rubios de ojos celestes. Descienden de alemanes, polacos y rusos.

En la pirámide social, los estancieros ocupan la punta superior. Mario Antonio Silva, hacendado del sur de Brasil vino al Amazonas para ampliar posesiones sin necesidad de desembolsar plata. Como el resto de los “poderosos”, simplemente se apropió de tierras que legalmente todavía pertenecen al Estado.

En esta conquista de la floresta no existen las leyes: “Alguien llega, elige un pedazo de selva y pregunta quién es el dueño. Si nadie reclama por ella, el tipo pone gente con motosierras a desmontar los árboles, quema los restos y siembra pasto para el ganado” describió Rocha, el guía de Clarín.

Pero a Mario no le alcanza con la depredación de la selva. Para juntar más dinero decidió cobrar peaje a los garimpeiros que deben atravesar sus tierras para llegar a la mina. Puso a la entrada del camino que lleva al muelle y en 20 reales diarios el estacionamiento de vehículos que llevan a los buscadores o transportan mercaderías. También organizó a los lancheros que deben pagarle un porcentaje por el transporte de los garimpeiros: “Quiero que este negocio me rinda algo”.

El estanciero Ze Capeta (como se lo conoce por allí) tuvo menos fortuna. El hombre se declaró dueño de las tierras donde está el garimpo. En teoría eso lo habilitaba para cobrar 8% de todo el oro sacado de la región. Pero el Instituto de Colonización Agraria (INCRA), un organismo federal, le arruinó la estrategia al advertir que esa parte de la selva es del gobierno. Desde entonces, Ze Capeta sólo puede acercarse al garimpo con guardaespaldas.

“El garimpeiro extrae el oro de día y nosotros preferimos tomar las pepitas del garimpeiro por la noche” sentenció Adreia Gobbi en una charla. Dueña del único supermercado de Apuí esta joven y hermosa mujer de 35 años, nativa de Río Grande del Sur, decidió explotar una actividad que nunca falla: la semana pasada inauguró el Andreass Night Club, en un lugar visible de la “corruptela”, nombre que recibe la villa garimpeira. Regentea esa casa de diversión, donde la venta de alcohol se combina con la oferta de chicas. Lo hace junto con el hermano Marcos Pedro, un universitario de 20 años.

Alrededor de esta aldea se desarrolló un basto repertorio de actividades comerciales. Están los compradores del oro que enviarán el metal a las grandes ciudades; los joyeros artesanales que fabrican anillos, cadenas y gruesas pulseras, para consumo de los propios garimpeiros. En ese proceso de intercambio hay una moneda única: el gramo de oro.

De acuerdo a su belleza, una prostituta puede cobrar entre 3 y 10 gramos la noche de placer. Las drogas, básicamente cocaína, se venden según afirman las autoridades policiales “a tres gramos de oro”. Al anochecer, hombres y mujeres se arremolinan en temporarias casas de juego, donde se juega a las barajas y al billar. Sobresale el Bingo por un pozo acumulado de 100 gramos de oro.

**************************************************************************

La puja por el control del gran pulmón del planeta

*************************************************************************

Cirujano plástico, aventurero y garimpeiro

Si alguien cree que ser médico y garimpeiro es incompatible, el doctor Anselmo Haidmann prueba lo contrario. A los 48 años ejerce una doble función como cirujano. Hace estética corporal, pero la misión profesional que más le gusta es la de operar a personas sin recursos.En Apuí lo veneran: “Nunca dejó de atender a un enfermo por falta de dinero”, dijeron varios entrevistados.

La singularidad de Haidmann reside, en parte, en su condición de hijo de un alemán judío que se fugó de Berlín antes de comenzar la Guerra. El padre llegó a Brasil bajo el gobierno de Getulio Vargas, que expresaba preferencias por el ascenso del Nacionalsocialismo hitleriano. Fue por eso que en el puerto de llegada sumó una n a su apellido para disimular su origen.

El doctor Anselmo, como lo llaman, es un líder comunitario. A los 11 años se escapó de la casa con un hermano y fue para un garimpo: quería juntar plata para estudiar. La consiguió a los 16, cuando el oro que había recolectado le permitió financiarse el primario, secundario y universidad. Se recibió a los 26. Después vino la residencia médica en la especialidad de la plástica, un paso por México y otro por Africa.

Al regresar de su gira se instaló en Mato Grosso, cerca del pueblo donde su padre tiene una granja y cría ganado. Empezó a comprar tierras en la región hasta que le volvió a picar la comezón del aventurero. Así, tomó su auto y se mudó sin más trámite a Apuí.

Para Anselmo, sin embargo, la profesión garimpeira forma parte de su vida. Dedicó un día a Clarín para mostrar en la práctica cómo se explora una región selvática para ver si tiene oro. A pocos kilómetros de la ciudad, en un lugar de indescriptible belleza, periodistas, médico, guía y un garimpeiro, cavaron fosas, lavaron el pedregullo que indica la presencial del mineral y encontraron pequeños granos de oro que indican el potencial de esa tierra.

APUI. ENVIADA

Andreia, la “musa” del pueblo


Andreia Gobbi aparece en el pórtico de la casa de sus padres sin adornos ni maquillaje. Con el cabello recogido, parece mucho menos de los 35 años que confiesa. Llegó a Apuí con su marido, hace 13 años, procedente de una localidad brasileña limítrofe con la Argentina. Como si fuera algo lejano, recuerda unos comienzos nada promisorios, con un trabajo que demoró en darles fruto. Hoy son dueños del principal supermercado, tienen estancias y comparten emprendimientos en otras ciudades brasileñas más importantes.Los hombres de Apuí no apartan sus miradas de esta mujer rubia y de ojos celestes. Es la musa del pueblo. Pero detrás de ese perfil casi romántico se esconde una empresaria versátil, que combi na comercios variados: desde mercaderías hasta sexo. En el pueblo afirman que es la dueña de un prostíbulo, que ahora extendió su reinado a El Dorado de Juma, como se conoce a la floreciente mina de oro encontrada en el Amazonas. Las versiones son múltiples: unos dicen que maneja unas 20 chicas, que viven ladera arriba de las grutas para no tener que atender clientes borrachos. “Se supone que un hombre alcoholizado no llega hasta donde se encuentran las muchachas”, cuchichea un informante.

Fue ella quien diseñó la casa de diversión, en la villa garimpeira, llamada Andreass Night Club, que regentea su hermano Pedro junto con la novia.

¿Cómo es que ustedes permiten que un chico universitario abandone los estudios y se instale en la mina?, indagó Clarín. En forma seca, tajante, la madre responde: “El tiene que saber de dónde viene la plata”.

Andreia describe el pueblo con dureza: “Es una ciudad pobre, que gira en base en a la ganadería y el café. El resto de los empleos proviene del gobierno municipal”. Pero reconoce que garimpo trajo más movimiento. “El comercio aumentó un 40%. Pero no sabemos cuánto va a durar”.

APUI. ENVIADA

in Clarin

***********************************************************************

BUSCADORES DE FORTUNAS : ANALISIS La puja por el control del gran pulmón del planeta

 

Paula Lugones

plugones@clarin.com

 

 

La historia que se desliza en estas páginas es una trama del descontrol y la ambición en uno de los tesoros más valiosos del planeta. Cualquiera puede llegar y conseguir sus cinco metros cuadrados para buscar oro, construir un supermercado, un prostíbulo, hasta un spa, porque sí: la sola desforestación de la zona equivale a un título de propiedad. Pero son historias minúsculas ante otras también de apetito voraz, pero con una dimensión geopolítica mucho más dramática.

El Amazonas es la región más rica del mundo por su enorme potencial en biodiversidad, un eje crucial en la puja política del futuro: la lucha por el agua, los metales preciosos y estratégicos, por el aire puro, por las fuentes de energía. Es una gema estratégica virgen, de interés similar al Acuífero Guaraní que atraviesa el subsuelo de nuestro país.

No extraña entonces que las potencias quieran poner un pie en esa jungla exquisita. En las Fuerzas Armadas brasileñas reina la inquietud ante la creciente influencia de EE.UU. en la zona, según un informe militar y de inteligencia revelado recientemente por el Jornal do Brasil. Aluden a un “riesgo de invasión” y destacan la fuerte presencia de asesores militares norteamericanos en la región y también la de tropas estadounidenses, que ya se constata en Guyana, Ecuador, Perú, Bolivia y Paraguay. Creen que la lucha contra las drogas es sólo una excusa para dominar esta zona clave.

No sólo la amenaza viene de Washington y a nivel militar. El informe también alerta sobre la creciente presencia de ONGs controladas por extranjeros. Algunas organizaciones ambientalistas han propuesto que se declare al Amazonas como patrimonio “internacional” y Brasil se espanta.

El gobierno intenta mantener el control: fuentes militares afirman que desde hace 10 años existe la Estrategia de la Resistencia, basada en una guerra irregular en la selva, con una hipótesis de invasión. En ese sentido se entiende el esfuerzo del presidente Lula por atar lazos con ejércitos regionales como el de Argentina, Venezuela y Ecuador. Algo así como un frente común para proteger al más grande pulmón del planeta.

in Clarin

***********************************************************************

Fiebre del oro en Brasil

***********************************************************************