DESMONTES SIN CONTROL 

Concentra el 31% de las forestas tropicales y es esencial para la oxigenación de la Tierra. Dos enviados de Clarín cuentan cómo lo destruyen sin piedad.

CLARIN EN EL AMAZONAS / SEGUNDA NOTA Amazonas
¿El fin de la selva?


Enviados de Clarín cuentan cómo hacendados y buscadores de oro ya desforestaron 550.000 km2, casi dos veces la provincia de Buenos Aires. Fuerte impacto en la oxigenación del planeta, el clima y las lluvias.

Eleonora Gosman APUI, AMAZONAS ENVIADA ESPECIAL
egosman@clarin.com

 

 

clarin018dh05.jpgEn la lancha que se desplaza por las aguas del Juma, entre paredes vegetales de hasta 30 metros de altura, reina un silencio sobrecogedor. La selva del Amazonas se revela como una gigantesca catedral gótica. Pero a poco de llegar a la orilla, y adentrarse unos pasos, se desvanece la magia. Los estruendos de la actividad humana, de las motosierras y de una desafinada música contemporánea, emitida vaya saber por qué altoparlantes, apagan los ruidos propios de la floresta. A la altura del garimpo del Juma que visitaron los enviados de Clarín, lo que se ve es la naturaleza en colapso.

Los buscadores de oro piensan únicamente en volverse ricos. No les interesa la destrucción del santuario amazónico. Con todo, no son los depredadores principales. Hay otros que se dedican a agujerear la selva únicamente para conquistar espacio que le permitan reproducir vacas. Puestos unos frente a otros, estos últimos parecen ser los más destructivos. Fue la expansión descontrolada de las actividades agropecuarias, la alta transferencia de agricultores del sur de Brasil para esa región, lo que produjo en los últimos 35 años la deforestación de un área equivalente al territorio de Francia: 550.000 kilómetros cuadrados. Esto equivale a casi dos veces la provincia de Buenos Aires o, si se quiere abundar, equivale a un quinto del territorio argentino.

Al internarse por el nuevo El Dorado de Brasil, —donde los buscadores de oro han llegado a sacar un kilo por día— hay que saltar por encima de árboles que atraviesan los precarios senderos que llevan a las grutas de explotación del oro. Debajo de cada tronco puede esconderse el peligro de la cascabel, la coral o la yarará, víboras venenosas cuya ponzoña deja apenas unas horas para recibir el suero antiofídico. Los árboles que yacen en el piso son cedros, azais, y otras valiosas especies, que no cayeron en forma natural: fueron derribados por los buscadores para abrir camino hacia el filón del metal.

Si se piensa que Brasil alberga 31% de las selvas tropicales del planeta y que de ese porcentaje la mayor parte corresponde a la floresta del Amazonas se entiende la preocupación de los expertos del impacto que tiene esa floresta sobre el clima global. En principio, la desforestación del llamado “pulmón del planeta” reduce el oxígeno que neutraliza los gases contaminantes de las grandes industrias del mundo. No en vano, el Amazonas formó parte del capítulo 11 del informe producido en París por los 500 científicos que analizaron recientemente los cambios climáticos globales. Según ese estudio, la temperatura media en el Amazonas puede subir hasta 5 grados, lo que puede acabar con la selva.

Además, según Carlos Nobre, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), la “doma” de la mayor selva brasileña causa serios daños en regiones tan distantes como la Cuenca del Plata, donde se encuentra la ciudad de Buenos Aires. Una investigación de científicos sudamericanos, entre ellos de la Argentina, comprobó que la destrucción de la selva provoca cambios climáticos regionales. Sencillamente transforma el régimen de lluvias en el continente. Y a mediano plazo esas transformaciones climáticas pueden destruir la agricultura. Como ejemplo, la organización no gubernamental Greenpeace subrayó que los aportes amazónicos al calentamiento global, puede derivar dentro de tres años en la extinción del cultivo de la soja en vastas áreas sudamericanas.

La selva se divide en Brasil según las siguientes proporciones: una tercera parte del Amazonas pertenece a las tribus indígenas y constituye un área de protección ambiental integral. Esas florestas no pueden ser comercializadas. Hay un 6% ocupado por asentamientos. De lo que resta, 24% son propiedades privadas y 37% públicas (gobierno federal, estados y municipios). Lo que se llama área privada es un eufemismo. Como pudo comprobar Clarín, en Apuí, donde viven hacendados con extensiones de hasta 12.000 hectáreas, las tierras fueron conquistadas a fuerza de derribar árboles. Pero en la propia ciudad se admite que hay problemas de documentación. Nadie es verdadero propietario. Ocurre que en la enorme mayoría de esas tierras “privadas” la selva ya desapareció. Y esto se ve claramente en las estancias dedicadas a la cría de ganado.

En las hectáreas que el catarinense Luiz Bigliotti le ganó a la selva, en las inmediaciones de Apuí —a unos 6 kilómetros del poblado— no se ven árboles. Hay una extraña enredadera que se esparce rápidamente por el suelo. A primera vista parece un vegetal propio del Amazonas. Pero en una charla con el hacendado, este contó que trajo esa especie de forraje de Mato Grosso. “¿Para qué necesita esa planta si ya tiene pasto de sobra?” preguntó Clarín. “A mí me gusta ofrecerle una ensalada a los animales”, respondió. Entre las especies intrusas de la floresta nativa se ven árboles de frutas como la goiaba (con gusto a membrillo) y la carambola. Reemplazan a las especies derribadas.

Los expertos coinciden en que la devastación amazónica alimenta las alteraciones del clima, sobre todo en América del Sur. Un informe de medio centenar de científicos sudamericanos estudió la trayectoria de las corrientes de viento en las camadas más bajas de la atmósfera (a 3 kilómetros de altura). Son corrientes que cargan el vapor de agua liberado por los árboles y plantas del Amazonas. En algunos puntos de Sudamérica se convierten en pesadas nubes y luego en lluvias. Esos vientos también transportan el humo que produce los incendios forestales amazónicos. Los gases que resultan de ese proceso tienden a tornar más secas y calientes todas las áreas regionales: reducen la humedad y las lluvias en niveles que preocupan.

Entre tanto futuro pesimista, hay quien piensa en el futuro. Para el hijo del hacendado Don Luiz, un estudiante universitario de 23 años, fue una experiencia traumática ver a los hombres contratados por su padre cómo derribaban sin piedad árboles de 30 de metros de altura. Después, observó como esa gente prendía fuego a los restos. “En medio del incendio pensé que debía rescatar plantas que podrían desaparecer para siempre”, dijo a Clarín. Fue entonces que el chico creó un maravilloso orquideario silvestre. Los fines de semana se escapa a los campos que su padre le ganó a la selva. Con cuidado infinito se dedica a polinizar esas flores y crear nuevas variedades. Una pincelada de vida en la devastación del Amazonas.

in Clarin

clarint019dh02.jpg Buscadores de oro
En la primera nota de esta serie sobre el Amazonas, publicada ayer, la enviada de Clarín contó cómo cientos de “garimpeiros” buscan oro con sus manos entre el lodo, tras el hallazgo de un yacimiento en el pueblo de Apuí.

Aquí y ahora
Paula Lugones
plugones@clarin.com

No se trata de un reclamo de ecologistas exagerados, como solía calificar con desdén el presidente George Bush a quienes hace algunos años le advertían sobre el calentamiento global. La devastación del Amazonas trae efectos concretos y alarmantes. No sólo desaparecen unas 50 mil especies al año. La tala contribuye enormemente al calentamiento global —los expertos estiman que el 40% del oxígeno producido en la Tierra proviene de las selvas tropicales y la amazónica es la más extensa— y eso ya se siente aquí y ahora. En nuestras playas, en nuestros campos, y en todo el mundo. El gobierno de Brasil intenta frenar la tala sin éxito, como pudieron comprobar nuestros enviados: el Amazonas parece tierra de nadie. Pero su futuro nos afecta a todos.

Talar árboles para adueñarse de la tierra


El agricultor Hainz Lotario Hattge es un brasileño de ojos azules que desciende de alemanes. A pesar de las cinco generaciones que lo distancian de sus ancestros, todavía habla alemán. Fue líder de la Iglesia Congregacional de Paraguay hasta 2001. Ese año, en un auto Paratí modelo 1997, se mudó para esta ciudad amazónica. Omite decir el motivo.
En los 6 años que lleva en la región, ya logró desmontar selva y convertir las tierras en su propiedad. Hasta ahora, nadie le garantiza la titularidad del fundo, que para las dimensiones amazónicas resulta muy limitado: “Sólo tengo 100 hectáreas” dice a Clarín. Pero como todos los hacendados de Apuí, oculta la verdadera extensión de sus posesiones, que pueden quintuplicar lo que públicamente declara. Hainz es uno de los pobladores del área que decidió aventurarse en el garimpo: “Nunca antes había desarrollado esta actividad de buscar oro”. Sin embargo, él no se mete en el lodo. Se limita a transportar garimpeiros, con lo que obtiene buenos ingresos. Sus costumbres de evangélico puritano le impiden poner la mano en la masa: esto es, en la recolección de oro. Pero no lo inhibe para derribar selva y hacer de los terrenos “limpiados” un paraíso de la ganadería. A este diario le confesó que su plan es ampliar posesiones. Para esto apenas necesita derribar selva en el área elegida como futura propiedad. Una vez que plante pasto, será su garantía: bordeará su campo con alambrados y pondrá más animales para vender en el mercado cautivo de Manaos.APUI. ENVIADA ESPECIAL

in Clarin

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